lunes, 2 de diciembre de 2013

Amaneceres






Hay una hora en la noche en que todo se oscurece, es la hora en que comienza el sueño más pesado,
es ese espacio en que la conciencia va cediendo su lugar a lo inconsciente, ese otro lugar desconocido
poblado por imágenes que nadie sabe de donde vienen. Hay una hora en la noche en que mi cuerpo tiembla, retornan los miedos de la infancia y vuelven extrañas figuras, haciendo que me siente de golpe en mi cama, confundida, gritando en una pesadilla, llorando a veces lágrimas que dejan el amargo sabor de un trago indeseado o de ese medicamento que nos obligaban a tomar apretándonos la nariz, menuda forma de tortura.
La única manera de expulsar esos miedos, de aclarar esa oscuridad de cada noche, de acabar con ese dolor inexplicable, es quedarme inmóvil en mi almohada, abrir grandes los ojos para mirar los árboles sacudiéndose en mi ventana, agitando sus ramas sobre los vidrios, limpiándome de los temores. Y solo esperar que otra vez amanezca.

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