viernes, 10 de abril de 2009

Chechen, el hijo

Una mujer morena camina por el campo, rumbo al mar. Su quillango le pesa en los hombros, como la vida que lleva dentro suyo.
En los cerros habitan las flores silvestres y las piedras resaltan a la luz de la mañana. Hoy será la última luna y ella lo sabe, pues lleva la cuenta. No sabe cómo pero intuye que mañana será el día.
Ella conoce el nombre de todos los pájaros y de todas las flores silvestres. Ha elegido un nombre de flor si es hembra y uno de pájaro si es varón. Ella sabe también el nombre del guanaco y del zorro, pero esos nombres no le gustan para su primer hijo.
Sabe también que se termina la estación de las flores y que luego el campo se cubrirá de hojas muertas y luego de nieve. Es bueno el sabor de la nieve blanca, pero no le gusta el frío en los pies.
Ha llegado el tiempo de parir y ella sabe que sufrirá, ha visto a otras mujeres hacerlo. También ha visto a la hembra del guanaco parir y amamantar a su cría.
Ahora camina muy atrás del resto de la tribu, sola, avanzando paso a paso.
Si al menos las manos de su madre le brindaran consuelo... pero su madre camina muy rápido y la adelanta. Ha partido buscando el alimento que el humo de la playa le estaba indicando. Una ballena había varado en la costa y hacia allí se dirigía con todos los otros integrantes de la tribu.
Ella no siente hambre, hace días que no tiene apetito y prefiere quedarse echada al pie de una mata de calafate, pensando que tal vez el sueño aliviará los dolores del parto que se aproxima, dolores que se le tornan insoportables.
Escucha los gritos alborozados de su gente cuando llegan al lugar en que descansa la ballena y comienzan a comer, felices de disfrutar del banquete. Pasa un rato bastante largo, hasta que el ruido de unos disparos la hace incorporarse. Luego se arrodilla detrás de las matas y por un instante le parece estar transitando una pesadilla.
Su madre, sus hermanos, su hombre... todos han caído en la orilla de la playa, después de haber comido de la ballena muerta.
Lo que no entiende es por qué esos hombres que se alejan montando sus caballos se han ensañado con sus hermanos caídos y les han disparado mientras gritaban de dolor, retorcidos por los efectos del veneno.
Ella también se retuerce de dolor. Dolor físico, dolor en el alma. Dolores que nacen por diversas razones pero que en su cuerpo se igualan.
Ya es de noche. Corre desnuda porque no sabe cómo hacer para detener el dolor. Su quillango se le ha resbalado de los hombros y parece no notarlo.
Cae cansada y se prepara para el gran grito, el que la liberará y la transformará en madre. Sabe que se ha salvado para que su raza no muera, y al ver al hijo, Chechen -pájaro lo nombra- sabe que así será.
Una mujer morena vuelve sobre sus pasos, caminando desnuda por el campo, a la luz de la luna que ilumina las piedras y las flores silvestres de los cerros. LLeva un niño en los brazos.

martes, 7 de abril de 2009

El "VENTAJERO"


Si hay un tipo de personas que detesto, es el ventajero.

Ese que aprovecha el mínimo resquicio para meterse y usar todo lo que tenga a su alcance para su propio provecho, en cualquier ámbito.

Y ese tipo de personas es el que aparece cada vez que vamos a pagar algún impuesto

o factura, y nos cansamos de esperar nuestro turno, media hora, una hora o a veces más.

Sobre todo ahora que Río Gallegos está colapsado por donde se lo mire. Si vas al correo, si vas a Servicios Públicos, a telefónica, a pagar la tarjeta, a los supermercados y ni hablar de los bancos.

De pronto cuando crees que te toca por fin llegar a la ansiada ventanilla, aparece la madre con el niño en brazos. Por lo general es un niño que bien podría mantenerse en sus propios pies o sentado en una silla, no necesariamente en brazos de su madre, de su padre o a veces de sus abuelos, pero ahí está, erigido como espada de vencedor (pobre niño, usado para tal propósito).

Si no es la madre con el niño, aparece la embarazada, que sin ningún escrúpulo, luce su abultada panza que le genera el derecho a pasar por sobre todos los sufridos ciudadanos que esperan su turno. Que yo sepa el embarazo no es una enfermedad, sino todo lo contrario.

Otras veces, o seguidamente, viene el anciano apoyado en un bastón, que parece ser que estuviera solo en el mundo sin ningún familiar ni ser humano cercano capaz de hacerle el favor de pagarle sus facturas.

Hoy pequé de persona desconsiderada, y no me arrepiento.

Llegando a la caja, pegada a la ventanilla a punto de pagar mis facturas de advance –que no sé por qué motivo no llegan a mi domicilio, sino que tengo que tomarme la molestia de imprimirlas, con el consiguiente gasto de tiempo y recursos- se me acerca una señora pidiéndome que la deje pagar antes ya que estaba “recién operada”, a lo que le respondí que no era mi problema si telefónica no pone una caja especialmente para casos de personas con problemas físicos para esperar parados, y que mi tiempo también valía.

Por un momento estuve tentada de ceder mi lugar a la ancianita, pero ví que detrás de ella habían otras personas ancianas en igual situación, con lo cual procedí a efectuar el pago sin mayores remordimientos.

Seguramente alguien en la cola habrá pensado mal de mí, pero estoy segura que la mayoría estuvo de acuerdo.