sábado, 7 de febrero de 2009

Pisando liebres

Viniendo de Punta Arenas la semana pasada, a una velocidad moderada y con la noche cayendo sobre nuestras cabezas, le digo a Gaby: si se te cruza una liebre, ni se te ocurra frenar. Trataba de prevenirla dado la gran cantidad de liebres que se veian al costado de la ruta.
Ya sé, no soy tonta, me dice Gaby, y escuchamos el ruido crac, crac.
¿Que fué eso? !Pisé una liebre! !Soy una asesina de animalitos indefensos, estoy contribuyendo a la extinción de una especie! y muchas otras cosas por el estilo.
Demás está decir, me imagino, que cuando un hombrevarónmasculino pisa un bichito de estos, no se le mueve un músculo ni un pelo, pero a nosotras las mujeres, nos afecta tanto que sentimos que no fueron las ruedas del auto, sino nuestros propios pies los que pisaron al indefenso e imprudente animal, hasta imaginamos con asco y desagrado que nuestros zapatos se han embadurnado con sangre y pelos.
!Pobrecita, tendría hijitos! Siempre, no sé por qué, imaginamos que la pobre víctima era una hembra que ha dejado un tendal de crías abandonadas, nunca se nos ocurre que es un macho soltero y viejo.
Y esa horrible sensación nos durará por unas cuantas horas, tal es así que para evitar repetir el sangriento hecho, vamos tocando de cuando en cuando la bocina del auto por la ruta solitaria, como para alertar a las posibles víctimas.
Notamos que del lado chileno habían muchas liebres, y del lado argentino, no vimos ninguna.
Será que las liebres argentinas están avivadas y no se cruzan de noche en la ruta, o que se van a dormir temprano, o tal vez, la peor de las alternativas: será que de este lado del alambre ya las pisamos a todas.

viernes, 6 de febrero de 2009

Hoy me dí cuenta

Hoy me dí cuenta
que es Dios el que nos mata
y no la muerte
esa negra figura imaginada
tan flaca tan fea
y tan malvada
sino Dios
el que nos ama.

Lluvia

Lluéveme la vida, rosa,
con tus viejas espinas
que llueva la mañana, la noche,
que rueden las piedras espinadas
sangrantes
que sea mi pie el que se deslice
sin heridas
y que lluevan las rosas
las espinas las piedras
y aunque todo me sepulte
que sea tu aroma
el último aroma
que respire.

POESIAS INEDITAS

Pececitos

Eramos tan pequeñitos
como los peces que come la ballena
así nos sentíamos en tu vientre, vida,
vivos como los peces que no mueren
sino hasta el anochecer o al alba, digeridos
alimento somos de los otros,
nada más que pequeños peces.
Nada más que pequeños
pececitos muertos.



En la ruta


No quedará
agua en las lagunas
bosques que den sombra
aves negras teñidas de petróleo
ni liebres muertas en la ruta.

Tan solo el viento
azotará nuestro esqueleto
y danzarán al aire
las hojas de un libro
que alguna vez fue hoja y fue árbol.

Un libro que fue escrito
en una estación en que la lluvia
bendecía la sequedad del suelo
y las liebres corrían tras los pájaros
que volaban por un cielo abierto
inmenso
infinito.






No quedará