miércoles, 17 de junio de 2015

POEMAS BAJO CERO






I

Cuando el fuego que consume los sueños
haga cenizas a mi amor y mi esperanza
algo  quedará de mi amor, de mi dolor
de mi esperanza,
será la vida la que avanza
como arenilla que la ventisca esparce,
como las hojas cayendo en el otoño.

Una partícula de mí te rozara quizás un día
germinará algo nuevo  
en algún lugar de la galaxia.
Ya no seré la misma
tendré dos ojos renacidos y un corazón latiendo
que nada sabe  de la muerte.

Todas las respuestas
son patrimonio de la noche.


II

Imágenes que sueño.

Todo el misterio los habita,

Si solo pudiera detenerlos
copiar cortar pegar
como una vieja cinta
solo para encontrar en ellos
la razón de todos mis desvelos.



III

Bellos  los monjes tibetanos
que pintan un mandala con arena
que logran la más bella perfección
en su diseño
y en vez de conservarlo 
lo destruyen
lo echan a volar con el viento de otoño
solo para afirmar lo que sabemos:
nada es eterno. 

Bella es  la araña tejedora
que  va engarzando los puntos de la trama
perfeccionando  su red y su diseño 
solo para enseñarnos la paciencia
y la calma.



IV

Dejo atrás la violencia
que demasiada sangre salpica las ventanas
que el grito de la calle atormenta
poniéndola al oscuro
cuando es la luz del sol lo que da vida.

Vaya certeza.

Tantas vueltas para decir lo necesario.


V

Jamás pude sentir tu corazón tan cerca
hasta ayer, con solo imaginarlo.

No sé explicar la comunión que se produjo
solo sé que nos comunicamos
sin fisuras,  sin cuestionamientos.

Tú no lo supiste
pero quizá sentiste
transmigrar tu corazón en la noche
sin imaginar
que era tu madre la que te llamaba.

VI



Has tropezado con el dolor del mundo
que tu seguridad se ha vuelto de ceniza
te ha confundido
tanto aullido de lobo sin guarida
tanta palabra vana entorpecida
tantos disparos que atraviesan la noche

y cada sol derritiendo tus mieles
con la interperie cual hambrienta boca
mostrándote los dientes.

Renacerás en cada otoño.

Siempre estará el calor del útero
como último consuelo.



domingo, 10 de mayo de 2015

Un inmundo objeto llamado expediente




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El ajado expediente quema mis manos. Toda la historia laboral de mi padre cabe en estas cincuenta páginas tipeadas con máquina de escribir, algunas son copias al cárbonico, firmadas por distintas manos, manoseadas, mezquinadas, burladas.
El sudor de la frente de mi padre las salpica, sus manos negras de laburante han dejado sus huellas en cada hoja de esta carpeta. 
Mi padre inició su trabajo en la mina de Río Turbio en 1946, apenas abierto el yacimiento, y se jubiló en 1985. Casi cuarenta años de trabajo para jubilarse con una miseria. Más de veinte años trabajó bajo tierra, hollando con sus manos las entrañas del cerro. Cada mañana de cada día de cada año se levantó temprano para cumplir con su trabajo, cada mañana ingresó a la mina arriesgando su vida, sin que nadie le asegurara que a la  tarde saldría a la luz del mundo para iniciar nuevamente su rutina.
Me indigna comprobar que quienes hacen las leyes jamás sentirán el olor del carbón, ni sentirán la angustia de ingresar a una galería dejando afuera todos sus temores. Jamás comerán el pan manchado de negro porque abajo no abunda el agua para lavarse las manos, ni se enfrentarán a lo más profundo de sus temores y sentimientos allí abajo olvidados del mundo.
Me duele saber que también fue pobre y explotado aún cuando consiguió jubilarse, y que esta etapa de su vida haya sido sinónimo de tantos dolores, broncas y trastornos burocráticos, eternizados en estas hojas amarillas de este inmundo objeto llamado expediente.
Y me indigna saber que ese burócrata que me atendió en la oficina sin mirarme a los ojos es el mismo que solo supo ponerle obstáculos cuando acudió esperanzado a recibir la compensación por tanto esfuerzo, que cada vez le exigió una nueva firma, un nuevo certificado, una nueva acreditación de servicios. Ese que se jubilará o ya se habrá jubilado con un haber que quintuplique la magra jubilación de mi padre.
El ya dejó atrás todas las miserias de este mundo, y seguramente esta mejor en ese lugar donde  ahora habita. Esto pretende ser un pequeño homenaje a un hombre que supo y sintió el valor del verdadero trabajo, y que jamás despreció su destino.
Pero que nadie me hable hoy de la justicia social, por favor.  



lunes, 27 de abril de 2015

MANDALA







I

Bellos  los monjes tibetanos
que pintan un mandala con arena
que logran la más bella perfección en su diseño
y en vez de conservarlo lo destruyen
lo echan a volar con la fuerza del viento
solo para afirmar lo que sabemos:
nada es eterno.

Bella es  la araña tejedora
que  va engarzando los puntos de la trama
perfeccionando su red y su diseño
solo para enseñarnos la paciencia
y la calma.

II

Dejo atrás la violencia
que demasiada sangre salpica las ventanas
que el grito de la calle atormenta
tantas horas del día
poniéndola al oscuro
cuando es la luz del sol lo que da vida.
Vaya certeza.
Tantas vueltas para decir lo necesario.

III

Nada quedará de mi amor
de mi dolor de mi esperanza
serán consumidos por el fuego
que consume los sueños.
La vida avanza
como arenilla que la ventisca esparce
en el desierto.
Un grano te rozará quizás un día
germinará algo tuyo  
en algún lugar de la galaxia.
Ya no serás el mismo
tendrás dos ojos nuevos
y un corazón latiendo                          
que nada sabe  de la muerte.

Todas las respuestas
son patrimonio de la noche.

IV

Imágenes que sueño.
Todo el misterio los habita.
Si solo pudiera detenerlos
copiar cortar pegar
como en los textos
solo para encontrar en ellos
la razón de todos mis desvelos.


martes, 10 de febrero de 2015

FARO





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Todo huye al galope del viento.
La tenue luz del pasillo es mi único faro.
 
He aquí la que no duerme
porque teme a las sombras del cerebro.

Mañana renacerá mi voz en algún desierto.