miércoles, 16 de septiembre de 2009

LUNES EMPLUMADO

LUNES EMPLUMADO

Tuve la poco feliz idea de lavar una almohada de plumas. Todo empezó cuando Ema manchó con yogur de frutilla la desdichada almohada.

Ahora me hago la pregunta ¿por qué simplemente no la limpié con un trapo húmedo y saqué la mancha, que no era tan grande ni tan evidente? Ahora, después de que toda mi casa estuvo poblada de diminutas plumas de no sé qué ave, blancas, suaves y pegajosas.

Ahora, que nos hemos reído y recordado el cuento de Quiroga una y otra vez y que he trabajado como nunca con la pequeña aspiradora.

Primero metí la almohada al lavarropas, la pasé por el secarropas y luego la acomodé sobre el tender, cerca del calefactor. Paso un día, dos pero la almohada seguía húmeda, y lo que es peor aún, largando un cierto olor a humedad y plumas bastante desagradable.

Entonces tuve la mejor idea de lavarla de nuevo, pero secarla en dos tandas, para lo cual tuve que descoserle un lado y trasladar la mitad de las plumas a otra funda.

Luego de esto extendí todas las plumas sobre una sábana y ésta a su vez sobre el tender, otra vez cerca del calefactor. Un día mas así, pero al pasarle la mano pude observar que las plumas seguían húmedas y algunas volando alegremente por toda la casa.

Como soplaba un viento generoso pensé en secarlas a la intemperie y procedí a colgar las dos pequeñas bolsas en el cordel del patio, hasta que nuevamente empezó a llover. Corrí a buscar mis almohadas y otra vez a acomodarlas en el tender. Para esto, me pasé gran parte de la tarde barriendo las plumas esparcidas por toda la casa, pasando la aspiradora por los sillones y barriendo una y otra vez bajo la mesa y los muebles.

Una pregunta me hizo reflexionar: ¿Mami, cuánto cuesta una almohada de plumas? Entonces me di cuenta que lo hago a menudo, hago de una gota un océano, innecesariamente.

Sin culpas metí todo en una bolsa negra y corrí a depositarlo en el basurero de la calle, no solo las plumas sino toda la dichosa almohada. En fin, esta absurda experiencia me ha servido para comprobar dos cosas: la primera, cómo complicar hasta el infinito algo definitivamente sencillo y dos: que no soy alérgica a las plumas.

Caballito de Ema Luna