viernes, 14 de noviembre de 2008




Presentación de mi Libro "El Fantasma de Cabo Virgenes y otros Cuentos" en diciembre de 2005, en la foto junto a Carlos Besoaín, Sergio Di Leo y el Intendente Lic. Héctor Roquel.

Extraña enfermedad



Una extraña enfermedad se difundía por la estepa, viajaba enancada en el viento, se pegaba al pelo, a la ropa, a la suela de los zapatos. Se escabullía en la trama de las sábanas y los manteles, se adhería a la viscosidad de las ventanas. Se cocinaba en las hornallas de las estufas patagónicas, y vuelta ceniza, volvía a ser partícula viajera que penetraba en los cerebros sin que nos diéramos cuenta.

Un día todos estábamos enfermos, sin saberlo. Todos habíamos saboreado con nuestra lengua una insignificante porción de la enfermedad, la que nadie llamaba por su nombre, tal vez porque aun se desconocía el mismo.
Así fueron sucediéndose extraños hechos en el pueblo. Extraños para los que lo veían de afuera, no así para nosotros, inmersos protagonistas o indiferentes espectadores de ellos.

El día que el niño robó el cadáver momificado de un bebé fallecido hacía sesenta años, nos asombramos apenas. El niño jugaba a la muñeca con los restos de un ser humano que alguna vez tuvo nombre y una madre que lo acunó en sus brazos. Leímos en las crónicas policiales sólo datos fríos y escasos. No seguimos indagando, tal vez temiendo darle nombre a lo que nos estaba pasando y si demostramos interés por conocer más detalles, no obtuvimos respuestas.

Y fuimos olvidándonos...

Otro día, fuimos testigos de la loca carrera de un guardia de seguridad a bordo de un camión robado, haciendo estragos por las calles del pueblo. Solo dijimos ¡que suerte que no mató a nadie! Y
nos olvidamos de los autos que quedaron destrozados en las veredas. ¿Quien se habrá hecho cargo de los daños ocasionados por el loco inimputable?

El bicho que provocaba la enfermedad seguía haciendo estragos en la cabeza de la gente, impulsado por el viento. Sí, debe ser el viento. Porque ¿qué otro medio es tan poderoso difusor, tan invisible y tan persistente, sino el propio viento que tanto detestamos?

El día de las elecciones una mujer usó de cuarto de baño el cuarto oscuro. ¿Por qué lo hizo? Tal vez por urgencia, por necesidad, por desprecio, por locura, o por todo ello junto y desbordado.

La gente que opta por el suicidio tan a menudo, sólo pasa a ser una noticia más en las páginas de los diarios.

Lo morboso, lo delirante, lo escatológico se aúnan en una sucesión de hechos fuera de lo común, que asustan por la indiferencia con que nos acostumbramos a escucharlos...

Y seguirán los hechos, a juzgar por el resultado de las últimas elecciones.
Y por el accionar de la injusticia.
Y por el silencio de los conformistas.
Y por el viento, que no para.