viernes, 2 de octubre de 2009

PIEDRA DE LUNA

Piedra de luna

No sé nada de piedras preciosas, semipreciosas o de las más comunes de todas ellas. Solo sé que me atraen con mucha fuerza, como han atraído al hombre desde el principio de los tiempos, ejerciendo su magnético poder que llama a introducirnos –como si eso fuera posible- en el preciso centro del objeto. No conozco nada de ellas, ni el porqué de sus colores ni sus cualidades. Me gustan las coloridas y aun las que no se destacan por serlo, las más imponentes y hasta las más humildes que alfombran la orilla de cualquier playa de nuestro sur, las que descansan en el fondo de cualquier río, las que se elevan majestuosas atrayendo la mirada de ávidos turistas. Aún el gris guijarro que abunda en las calles sin pavimento.

Creo que una piedra simboliza la pequeñez del hombre en relación al universo, porque ¿qué somos sino un infinito y mínimo grano de arena en la majestuosidad del cosmos? ¿Que somos sino una minúscula parte del gran todo? Tal vez no sea descabellado imaginar que cuando morimos nos transportamos hecho minúscula partícula al centro de una piedra de las que cubren nuestro último refugio aquí en la tierra, y allí seguimos, girando y girando al compás de la loca y eterna danza de la materia.

La piedra ha sido altar sobre el cual se ha consumado el sacrificio ofrendado a los dioses. Ha sido catedral, monumento imponente, señalizador de la salida del sol, calendario, reloj de arena. Ha sido caverna, casa, silla y mesa. Ha sido arma y flecha. Todo ha sido y será la piedra.

Si he de elegir ha de ser una de color celeste, porque es el color del universo y será como hablar de un minúsculo pedazo de cielo atrapado en su interior.

La piedra

Como una fina capa de cebolla

quise descubrir la piedra

y fui sacándoselas una a una

despojándola de la materia

se fue quedando desnuda,

pequeña

hablándome del universo

y del tiempo que pasó por ella.

Llegué a su centro majestuoso

y eterno

y también quise ser piedra

altar de las ofrendas

silla y mesa

monumento imponente

arma y flecha

energía atrapada en una piedra.

Ser el tiempo

que viaja por ella.

Ebullición

Superficie dormida era la piedra.

Dormida en la apariencia.

Su interior bullía como la vida misma.

Me invitaba a buscar en su contorno,

en cada desnivel, en cada poro

el mensaje ancestral que alguna mano

-tal vez de un dios irreverente-

quiso plasmar en ella.

La tuve entre mis manos,

la desnudé con la mirada...

¿Porque no habrán de ser los ojos

ese taladro mágico,

y la yema de mis dedos ese sensor

que me transmita todo desde lo áspero?

!Que pequeñez mis ojos, y mis manos!

¡Que pequeñez el hombre

a merced de la piedra!