martes, 9 de febrero de 2016

EL HORMIGUERO
(Arboles subterráneos)
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Hoy es el día de la gran exposición del escultor japonés Itzuki  Kono, en París. La muestra se llama “Arboles subterráneos” y supone que será un éxito, como todas las que ha venido realizando en su larga carrera.  Sus obras son muy cotizadas en todo el mundo por lo novedoso de sus propuestas.  Hace poco, ya casi sin ideas nuevas, se le ocurrió una que le pareció genial. Llenó de aluminio líquido un hormiguero para obtener el verdadero esqueleto de la colonia. El resultado lo dejó muy satisfecho. Luego de lavar y sacudir la tierra del hormiguero aluminizado, apareció ante sus ojos la maravillosa trama de ese mundo secreto de túneles y galerías intercomunicados de las más diversas formas. Ese micro mundo donde cada habitante cumple su rol siguiendo las reglas de la naturaleza, solo preocupados por su subsistencia. Luego, con el ego exacerbado, probó con otros metales derretidos: oro, plata, cobre, otra vez con aluminio y así consiguió sumar ocho hermosas estructuras que hoy se exhiben sobre enormes taburetes. Unos más pequeños, otros más altos, todos deslumbrantes como árboles nevados.
Los amantes del arte moderno están fascinados. Para tranquilizar a los ambientalistas, dijo en su discurso inaugural: “Quédense tranquilos, todas las hormigas fueron evacuadas. Las aspiramos y las volvimos a insertar en otros hormigueros”.  Muchos dudaron. ¿No sabe que las colonias de hormigas son sociedades organizadas, que no aceptan ser avasalladas por otros? ¿Se habrán matado entre ellas en una guerra impuesta por este hombre?  ¿Es que en nombre del arte se puede avasallar la vida, así como así, sin consecuencias? Miraron detenidamente cada estructura y si bien no encontraron restos de los insectos, ni patas ni antenas sobresaliendo del metal solidificado, bien podría ser que algunos insectos hubieran quedado atrapados en su interior. ¿Cómo saberlo?
La evacuación no fue organizada, solo se trató de introducir la aspiradora en un agujero y luego fue como un vómito de hormigas en el otro. Sin embargo, algunas alcanzaron a huir, entre ellas una hormiga reina, que, indignada ante la destrucción de su colonia, organizó rápidamente la resistencia.
Dicen que cuando un humano vive una situación límite, muy agobiante,  sufre cambios inmediatos en su cuerpo. Puede perder el habla, desquiciarse, quizás ocurra que su cabello se vuelva blanco. El impactante hecho también provocó un cambio en las hormigas. Se volvieron transparentes. Y feroces. Lo que preservaron sobre todo fue su instinto de conservación y su sofisticado sistema de comunicación. Siguieron el rastro del escultor, silenciosas y  esparcidas en su  enorme automóvil.
Hoy, en la muestra, las hormigas invisibles están todas agrupadas al pie de cada escultura. El sentimiento recién descubierto desborda su pequeño cuerpo y las llena de energía y determinación. Tal vez por lo mismo se han ido expandiendo y muchas han aumentado su tamaño. Desalojadas abruptamente de lo que fue su hogar, hoy tienen frente a sus ojos al artista, desbordante en su exceso de autoestima.  Son miles y miles y deciden actuar.
Antes que el escultor termine de dar por inaugurada la muestra, el público empieza a intranquilizarse.  Gritan, se tocan, se sacuden. Algo los hiere y no saben qué ocurre. El escultor es el más atacado. Su rostro se vuelve pálido, gime, grita, presa del terror sale huyendo entre la gente que también está convulsionada y corre hacia la salida. 

Las esculturas terminan en el suelo, estrelladas. Itzuki Kono, después de zarandearse vivamente, se desploma hecho un ovillo sanguinolento. En un gesto desesperado, se deshace de la ropa que lo cubre perdiendo toda inhibición. La sangre le brota de la boca, los ojos, las orejas.  Poco después, los forenses no pueden explicar de dónde provino esa masa viscosa y blancuzca que ha obstruido y destrozado todos los orificios de su cuerpo. 

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